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LA ASISTENCIA RELIGIOSA EN UNA VILLA DE EMERGENCIA
Con la fe y el corazón entre los pobres
El padre Pepe Di Paola cuenta cómo se vive el Evangelio en medio de mucha
pobreza, pero con vecinos solidarios.
El chofer del taxi cambia su semblante distendido y el tono ameno de la
charla en el tramo final del viaje. "Usted me está trayendo a una villa",
me dice con temor a medida que va detectando las casas precarias y las
callejuelas. "Así es, pero no se preocupe; no le voy a pedir que entre",
lo tranquilizo. Estamos llegando al enorme asentamiento compuesto por las
villas 21 y 24 de Barracas —en la zona sur de la Capital Federal— y el
Núcleo Habitacional Transitorio Zabaletta —que ya lleva cuatro décadas de
"transitoriedad"—, donde residen 30 mil almas. Los últimos metros hasta la
iglesia de Nuestra Señora de Caacupé, ubicada a la entrada, los hago a
pie. El padre Pepe Di Paola, sale al encuentro, feliz por la visita. Como
si hubiera escuchado al taxista, aclara de entrada: "Acá el 95 % de la
gente es honesta, muy solidaria y tiene una gran sentido religioso. Lo que
necesita es creer en su capacidad para salir adelante".
Hace diez años que el padre Pepe trabaja, y vive, en el asentamiento. Ya
en su humilde despacho, lleno de fotos del obispo Enrique Angelelli y el
padre Carlos Mugica —ambos asesinatos por su compromiso con los mas
desposeídos— y con muchos de sus feligreses, cuenta —infaltable mate
mediante— que su vocación es trabajar con los pobres. "Esto es lo mío",
dice. "Cuando llegué, en 1997, había bastante violencia y muertes producto
de guerras entre pandillas, pero hoy ya no es así", puntualiza. "En todo
caso —precisa—, antes había mucha diferencia entre la villa y la ciudad y
hoy todo es violento". ¿Sufrió alguna vez una agresión?, le pregunto.
"Tuve una vez un pequeño incidente", dice. E insiste con la condición
pacífica del grueso: "Yo comparo esto con una tribuna llena, donde los
barrabravas son un grupito".
Aclara inmediatamente que en el asentamiento hay mucho respeto por lo
religioso, acaso "una especie de reconocimiento a la Iglesia porque nunca
abandonó las villas, ni aun durante la dictadura". Pero también sus
habitantes tienen detrás una tradición religiosa. "La inmensa mayoría son
de países limítrofes y del interior y no nos olvidemos que en muchos
pueblos la referencia es la capilla", apunta. "Bendigo a cada rato una
ermita —acota— porque la gente quiere un lugar para rezar. Di Paola es
concluyente sobre la actitud de los vecinos: "Aquí encontré más respeto
que en un colegio privado porque cuando estoy dando una charla en la calle
y alguien se pone a hablar le dicen: ''callate, que está hablando el
padre''. Todos los que pasan por la iglesia se persignan. El Viernes Santo
no se escuchó casi ninguna radio".
El padre Pepe no habla de cuánto ayuda a los pobladores del asentamiento
la obra religiosa y social de la Iglesia. Pero el listado impresiona: dos
iglesias, siete capillas, un colegio con 120 alumnos, seis comedores (dos
de abuelos), tres centros de día (que incluyen desayuno, almuerzo y apoyo
escolar), dos centros de adolescentes, dos hogares (jóvenes y abuelos), un
centro de día para chicos en situación de calle y una escuela de oficios,
donde se enseña electricidad, herrería, realización de vitraux y
computación, entre otras tareas y a la que asisten 200 jóvenes.
Actualmente, se está construyendo un hogar para niños y un centro de
atención para adictos al paco. Un millar de chicos asisten a clases de
catequesis, hay entre 700 y 800 exploradores y se organizan actividades
deportivas, campamentos y hasta algún viaje.
En este punto, Di Paola se entusiasma particularmente. Señala un cuadro
con una gran foto color. "Esos son chicos de la villa en el cerro
Catedral, en Bariloche. Los pudimos llevar gracias a una ayuda. Estaban
como locos. Fue bárbaro", recuerda. Queda claro que el énfasis está puesto
en el trabajo preventivo. "Llevamos adelante el plan de ''líderes
positivos'', que consiste en potenciar los buenos ejemplos. Los otros días
hicimos una fiesta para celebrar que una chica se recibió de enfermera y
hasta vino el cardenal (Jorge) Bergoglio", contó. "Queríamos decir que
ella pudo, que se puede...", explicó. De hecho, una de las claves del
trabajo en la villa es que los propios vecinos tienen responsabilidad en
la labor solidaria. "Hay gente que hizo cosas que jamás pensó que podía
realizar. En concreto: ayudar a otros", subraya.
El padre Pepe dice que, para trabajar en el asentamiento, hay que conocer
y respetar su cultura y religión. "Así como hay una cultura rural y una de
la ciudad, hay otra de la villa que, por cierto, es muy solidaria",
comenta. A modo de ejemplo, dice que "si llega un familiar enfermo, la
gente no empieza a preguntarse dónde lo va a poner, lo cuida y no busca
sacárselo de encima". Señala que chicos de la calle se acercan a la villa
porque saben que van a encontrar techo y comida. "Saben que nadie los va a
dejar tirados a ellos ni a nadie", redondea. Y, saliendo al cruce de un
prejuicio muy extendido, asegura: "La gente no sólo está en la villa
porque no paga la luz, sino porque es una gran familia".
¿Los problemas más acuciantes? Menciona, ante todo, al paco, que es muy
adictivo, destruye totalmente la vida de los jóvenes y exige un permanente
trabajo de recuperación. También cita las necesidades de los abuelos, que
no tienen jubilación, ni pensión, ni siquiera, a veces, documentos y que
necesitan un plato de comida y compañía. No menor es el problema de la
falta de adecuada capacitación de los jóvenes, generándose un desnivel con
el resto de la juventud que complica su inserción laboral. En cuanto al
embarazo adolescente, admite que las chicas prefieren no abortar y que hay
bastante información sexual, pero hace falta educar en valores. "La
información es parte, pero no todo", dice.
Hacia el final, el padre Pepe subraya que "acá es más fácil hablar de
Dios; la gente es más receptiva, menos prejuiciosa. Viven más los valores
y las tradiciones. Casi todos están bautizados, anualmente toman la
primera comunión unos 300 chicos y jóvenes. Es cierto que acá la vida es
más difícil —y desde afuera la complican porque no se quiere dar trabajo
al que vive en una villa—, pero es más fácil transmitir el Evangelio por
su experiencia solidaria cotidiana. "Es la fe llevada a la vida", señala.
"Eso sí —aclara— cuando hablo con los chicos les pido que estudien y les
digo que espero que en algún momento no vivan más acá".
¿Y si lo trasladan a una parroquia con fieles de alto poder adquisitivo?.
Di Paola dice: "Me resultaría difícil dejar la villa. Pero también podría
ir por tres años, juntar plata y traerla acá".
por
http://www.clarin.com/suplementos/especiales/2007/05/09/m-01414975.htm
Si querés más información o querés ayudar visitá la página de la
parroquia:
Parroquia de Nuestra Señora de Caacupé
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